Miramos y sin embargo pocas veces nos detenemos a pensar por qué miramos como miramos, si nuestra mirada la han educado la televisión o la publicidad, si los grandes maestros de la pintura o el cine o los pedestres catálogos de ropa y accesorios de moda.

The
first question I ask myself when something doesn’t seem to be beautiful
is why do I think it’s not beautiful. And very shortly you discover
that there is no reason.
(Lo primero que me pregunto cuando algo no parece bello es por qué pienso que no es bello. Y pronto descubro que no hay razón.)
John Cage
En el budismo se asegura que la
iluminación puede arribar en cualquier momento, en las condiciones menos
esperadas, ese instante en que súbita e inadvertidamente entendemos
algo que no tiene ninguna relación con lo que estábamos haciendo (o sí,
puesto que no pudo suceder de ninguna otra forma) y que de la nada nos
revela un conocimiento que por íntimo nos parece vital e insoslayable.
Pero incluso sin imputarle un sentido
espiritual a este fenómeno que probablemente sea solo psicológico, aun
así es posible añadir una categoría conceptual a la simple fisiología de
los impulsos químicos y las reacciones neuronales y decir, por ejemplo,
que ese momento de iluminación o de epifanía también puede entenderse
como el reconocimiento repentino de la belleza, la experiencia estética
que se presenta también en circunstancias cotidianas y no únicamente
cuando participamos de una obra de arte. Escuchamos la risa de un niño o
la caótica armonía de los sonidos callejeros, aspiramos la fragancia de
una flor que no vemos y solo percibimos por su aroma, una definición
sucesiva y sensual de la felicidad se desarrolla en nuestra boca cuando
probamos algo que nos complace y, en todos estos y otros casos, sentimos
que realmente la vida la pena ser vivida, que la belleza recorre
secretamente el mundo aunque se muestre solo azarosa y caprichosamente.
Esta es, en efecto, una manera más laica
y hasta racional de admitir la posibilidad de iluminación en nuestra
vida diaria y mundana, pero que, después de todo, tiene una desventaja
con respecto a aquella de otra con sustento doctrinal. En el caso de una
escuela espiritual, hay preceptos que dan sentido a dicho
acontecimiento mental, procedimientos para discriminar la revelación
efectiva, auténtica, de un posible autoengaño meramente ilusorio. En
otras palabras, el mismo sistema conceptual de una religión o doctrina
espiritual establece las pautas para identificar una experiencia de este
tipo.
¿Pero qué pasa cuando la doctrina desaparece? ¿Ese vacío se llena de alguna forma?
Mi hipótesis es que sí, se llena, pero
lo que es importante hacer notar es que con cierta frecuencia esto
ocurre sin que nos demos cuenta de ello, sin que tengamos conciencia
plena de los contenidos que se encuentran en nuestra mente y con los
cuales juzgamos y entendemos ciertas situaciones. Pongo dos ejemplos.
El primero, que noté hace ya un tiempo,
lo descubrí durante una época en que acostumbraba transcribir los sueños
que recordaba al despertar. A veces, sea por los mecanismos de la
represión estudiados por Freud, sea porque de verdad no hay manera en
que el sueño sobreviva íntegro al abrupto tránsito hacia la vigilia, o
por otras razones que ignoro, llegaba a un punto del relato en que
continuaba casi automáticamente pero con la certeza de que aquello ya no
pertenecía absoluta e incontrovertiblemente al sueño, que se trataba de
un recuerdo espurio o, mejor dicho, de una adición extraña,
entrometida, proveniente de una región ajena. Sentía entonces que mi
mente llenaba dichos vacíos tomando prestadas escenas colegidas a partir
de otros contenidos: mis lecturas, las películas vistas, las series de
televisión frecuentadas, etc.; casi siempre inclinándose por la
resolución simple y siempre a la mano del lugar común.
El segundo ejemplo, que fue además el
pretexto para poner en el papel estos pensamientos, me ocurrió apenas la
mañana de ayer. Todos los días, entre las 10 y las 11, la luz del sol
entra de lleno por la ventana que queda frente a la mesa donde
habitualmente escribo. Todas las mañanas, y gracias a una suerte de gota
prismática que recibí como regalo, dicha luz se descompone en el
espectro del arcoíris que se multiplica en decenas de manchas
policromáticas sobre las paredes de la habitación donde trabajo. Pero la
mañana de ayer hubo un cambio. Cerca de mí había una botella cuyo
líquido ocre echó sobre la superficie de la mesa un reflejo melancólico,
una instantánea mortecina que, quiso la casualidad, estuviera
completada por el reloj que había dejado ahí desde la noche anterior.
Fue inevitable entonces asociar la pequeña escena, sí, con un catálogo,
esas fotografías publicitarias que abiertamente buscan manipular nuestro
gusto y nuestra voluntad, sembrando en nuestra mente asociaciones
falsificadas entre los elementos visuales y ciertos valores como la
elegancia o la distinción. Así, un instante que parecía caracterizado
por el descubrimiento imprevisto de la belleza, quedó pronto reducido a
un pedestre cliché publicitario.
Antes la transcripción de sueños me hizo
preguntarme por las narrativas que reproducimos cuando, al escribir,
nos quedamos sin recursos propios y quizá involuntaria o
inconscientemente, recurrimos a lo que sabemos pero, parodiando la
fórmula lacaniana, no sabemos que sabemos. Por el incidente con la
botella de whisky y el reloj quisiera saber ahora quién ha educado mi
mirada, si el cine o la televisión o la revisión esporádica de obras
pictóricas reputadas y prestigiosas, si los catálogos que alguna vez he
hojeado y que parecen ser suficientemente efectivos para quedar impresos
en la mente y la memoria, si las revistas de moda o los incontables e
inevitables anuncios comerciales vistos a cada momento, todos los días
de mi vida.
Recurrí al cariz espiritual de la
iluminación porque, me parece, es el que mejor contraste ofrece a este
fenómeno cognitivo y epistémico. Como sabemos (o nos han dicho), la
nuestra es una época en que los grandes relatos han perdido el prestigio
de antaño, en que el descreimiento parece la norma, guiarse por nada
más que las supuestas certezas personales.
Sin embargo, este hecho mínimo y quizá
insignificante ―la posibilidad de la revelación súbita― nos hace ver
que, después de todo, es posible que dichos discursos hegemónicos y
homogeneizantes no estén del todo deconstruidos y sepultados y que, por
el contrario, paradójicamente, la proclama de su obsolescencia sea en sí
misma la única gran narrativa superviviente ―que no es otra más que la
misma de siempre: la de la alienación y el enajenamiento.
En Faena Sphere: ¿Por qué no alcanzarás la iluminación?
Fuente: PijamaSurf
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